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En estos tiempos donde revisitamos  nuestras prioridades, la música emerge como esa compañera necesaria que pone banda sonora a nuestras biografías. En ella escogemos las coordenadas que construyen memoria, sentimientos, sensaciones, huidas, sueños y también las otras vidas que decidimos no vivir. La soledad se mira elegante en sus acordes, señalando un antídoto en cada abstinencia. Para que todo esto pase, alguien tiene que registrar el sonido y, en ese hacer, acercar honestidad, pasión y una voz propia.

Secho cumple con esos requisitos desde que en 2009 decidió regalarse a la gente, engañando a su timidez mientras abría un concierto de los Medomedá  en el Pub TNT de Compostela. Por el camino quedan una ristra de bolos, colaboraciones con músicos y poetas y un meritorio primer trabajo discográfico, "Xa fai un tempo", publicado por Discos da Máquina en 2016.  

En estos días extraños donde las cosas pequeñas cotizan alto en la bolsa de valores del tangible, él ejerce de orfebre de un universo donde su que hacer son notas que viajan en una jukebox en nuestro rescate. 

En su planeta con epicentro en Dodro no hay lugar para etiquetas estilísticas y lugares comunes pero sí dos condiciones. Rodearse de buenos músicos y hacer buena música.  

Uno nunca sabe cuando es el momento para liberar las canciones pero sí como hidrata el espíritu poder recibirlas y hacerlas nuestras. Su nuevo trabajo a caballo entre el 20 y el 21 promete no dejar a nadie indiferente, transformándose como la energía en trozos de vida, discos, stories, videos y conciertos. 
Hace años, alguien definió la intuición como "nada más y nada menos que saber reconocer". Mi intuición dice que Secho llegó para quedarse en un lugar destacado de la música del país, y sobran los motivos para, entre todas, poder celebrarlo.

 



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